Tengo 6 años, y me levanté muy temprano para ir a la escuela, ya tengo todo listo, incluyendo mi sweater rojo y pantalones kakhis, solo falta terminar de desayunar; estamos sólo mi mamá y yo en un piso de la condesa en la Ciudad de México, me detengo a pensar un segundo dejando mi desayuno de lado, ¿Por qué estoy mareado? observo al techo y veo las lámparas moverse… no estoy mareado, está temblando.

Mi pensamiento infantil se remite a mi pequeño castillo hecho con piezas “Lego” que acababa de armar el día anterior, y como una metáfora de la orgullosa ciudad, este se cae en pedazos. Me pregunto en ese momento si mi casa se caerá tan fácilmente como la simulación de mi castillito de juguete. Es la primera vez en mi vida que hago conciencia de la muerte; gracias a Dios, por alguna razón mi edificio permaneció intacto, no así cientos, tal vez miles, de edificios en la ciudad más grande del mundo. Recuerdo perfectamente la sensación de mi mamá abrazándome y el temblor que no terminaba nunca, pero seguimos todos vivos y ahora es momento de ver adelante.

Pocos recuerdan ahora la tragedia 20 años después. Dedico este espacio a la memoria de aquellos que mureron o perdieron a alguien, y a aquellos héroes anónimos que ofrecieron todo a cambio de rescatar a alguien, y demostraron el valor humano, tan olvidado en estas épocas.

pd. Gracias Ranus por ayudarme a recordar