Para complementar la ya ecléctica colección de narraciones de mis andares, debo comentarles a mis múltiples lectores, que ayer fuimos Danaeé y yo a una subasta para caridad de joyería fina y relojes caros, que la gente que empeña sus prendas en algún momento no pudo recuperar. El evento fue en un prestigiado hotel de Polanco, dónde obviamente había vinito y canapés; aunque la verdad es que fue una subasta para recordar, sobretodo por la cantidad de entes de caricatura que nos encontramos, a saber:

1. El narco – Un monigote de complexión bastante robusta y muy moreno, vestido con traje negro caro, más no impagable, y quien portaba un anillo de diamantes del tamaño de la carátula de un reloj de pulsera ¡Naco, naco, naco!. Este distinguido invitado fue el protagonista de dos muy buenas historias:

En primer lugar en una puja por un anillo de diamantes muy bonito engarzado en un aro de platino, cuando la subasta estaba en los 23,000 pesos, se levanta y saca un lente de joyero para verificar la pureza del cristal; después de la pose, por que obviamente era el centro de atención, decide elevar su oferta, para terminar ganándole la oferta a un inglés con cara de pocos amigos.

En otra ocasión, en una oferta por un Rolex, el tipo pide autorización a alguien por teléfono de levantar su oferta… el teléfono tenía una cubierta de la pantera rosa a blanco y rosa, y el tonito de la pantera rosa también. Sobra decir que pagó sus compras, como 80,000 pesos en efectivo.

2. La dama de sociedad – Una señora a simple vista muy agradable con quien tuve la oportunidad de cruzar un par de palabras, me comentaba muy animadamente, entre un par de sorbos de su vino blanco espumoso, probablemente champagne, que el día anterior se había subido a un microbús ¡Un microbus! Y le había maravillado la cantidad de rostros y vidas diferentes que transitaban en estos “exóticos” medios de transporte.

3. Las turistas – Un par de japonecitas entraron a la subasta, yo supuse que para comprar un par de joyas o algo, pero en realidad no compraron absolutamente nada y sí bebieron de vinito y le entraron pesado a los canapés.

En realidad yo hubiera estado en la categoría tres pero, todo sea en pro de la anécdota, y ligeramente impulsado por Dan, me compré un bonito reloj de bolsillo de los años treinta con caja de oro… suena excesivo, pero era la pieza más barata de la subasta, importante para nosotros de la “Chicken class”, y ahora puedo decir:

“Recuerdo la vez en la que gané la subasta por mi reloj de oro” (con todo y la ceja alzada y el tono de lord inglés ;-D )